Florecer en verano
Es curioso cómo, a veces, algo que parece terrible, termina siendo un tremendo golpe de suerte. Para Anna, darse cuenta de aquello no fue fácil. Durante muchas semanas se negó a reconocerlo, intentando ni hablar del tema, a ver si de tanto no mirarlo, se desaparecía. El miedo hacía que fuera incapaz de reconocerlo. Después, se enfadó, no soportaba ver a otra gente siendo feliz. Más tarde hizo un millón de absurdas promesas con tal de no perderle. Ella aún no sabía que el precio sería perderse a sí misma. Y, por fin se rindió. Se vio en el suelo, mordiendo el polvo, recogiendo las migajas de amor propio que yacían esparcidas por la alfombra. Y, tras noches de insomnio, de tristeza profunda, pero de una aceptación aún más profunda, remontó. No recuerda muy bien en qué momento. Pero seguro que fue a base de abrazos, vino y pizza. La paz fue llegando. Los aprendizajes. El amor propio lo inundó todo. Empezó a recuperar kilos a base de pasteles. Y entonces, cuando ya nadie lo esperab...