Florecer en verano
Es curioso cómo, a veces, algo que parece terrible, termina
siendo un tremendo golpe de suerte. Para Anna, darse cuenta de aquello no fue
fácil. Durante muchas semanas se negó a reconocerlo, intentando ni hablar del
tema, a ver si de tanto no mirarlo, se desaparecía. El miedo hacía que fuera
incapaz de reconocerlo. Después, se enfadó, no soportaba ver a otra gente
siendo feliz. Más tarde hizo un millón de absurdas promesas con tal de no
perderle. Ella aún no sabía que el precio sería perderse a sí misma. Y, por fin
se rindió. Se vio en el suelo, mordiendo el polvo, recogiendo las migajas de
amor propio que yacían esparcidas por la alfombra. Y, tras noches de insomnio,
de tristeza profunda, pero de una aceptación aún más profunda, remontó. No
recuerda muy bien en qué momento. Pero seguro que fue a base de abrazos, vino y
pizza. La paz fue llegando. Los aprendizajes. El amor propio lo inundó todo.
Empezó a recuperar kilos a base de pasteles.
Y entonces, cuando ya nadie lo esperaba, llegó el verano. Y Anna
se rindió ante la magia de la vida. Esa que hizo que su divorcio, ese episodio
que al principio le pareció un fracaso terrible, le devolviera una nueva
oportunidad de amar y amarse. Se despidió de todos aquellos “no puedo” que
había ido guardando durante años. Metió en un cajón todos aquellos complejos de
los que habían conseguido convencerla. Gruñó ante cada palabra que intentaba
juzgarla. Enseñó los dientes cuando intentaron echarle en cara que había
cambiado. Muy pocos entendían que cambiar estaba siendo difícil, pero era muy necesario.
Y a muchos les asustaba la nueva Anna siendo valiente. Y, ante eso, ella se
repetía una y otra vez “No es mi problema”.
Anna siempre había pensado más en los demás que en ella, siempre
lo había dado todo por los demás y se había acostumbrado a que nadie diera todo
por ella. Por eso ahora, que tanto le había costado aprender a decir NO, no
estaba dispuesta a que nadie le hiciera sentir culpable por ponerse a sí misma
en el centro de su vida.
Anna, sin duda, estaba floreciendo en verano. Como los girasoles, esa flor que llevaba tatuada para recordarse que, si no hay sol, los girasoles buscan la energía los unos en los otros. Siempre nos tenemos unos a otros.
El verano le enseñó a amar el mar, a amarse. Ese verano hizo
que Anna se desprendiese de sus miedos, le enseñó que hay quienes aún creen que
el amor es otra cosa. Anna se perdonó y se reconcilió con su propia esencia,
empezó a elegir su paz por encima de todas las cosas.
El verano de su vida, le enseñó que su vida era un verano, y
que no había lugar en ella para quienes se empeñaban en tumbar con soplidos las
hojas de sus árboles, quienes imponían, a base de gélidas palabras, un invierno
en Anna.
El verano 2020, a pesar de todos los pesares, fue el verano
de su vida.
El verano en que Anna tomó (por fin) las riendas de su vida.
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